Se hace más política en Jugones que en el Congreso

David Del Pino

La ciudadanía encuentra en los programas deportivos –futbolísticos- emitidos por la televisión los pedazos conculcados que el neoliberalismo coloca amablemente para darle la bienvenida: un espacio, pues, donde se proyecta el imaginario colectivo. Un almacén de representaciones, reflejo de aquello que Erich Fromm definió como lo inconsciente social, donde se agrupan nuestros miedos y grandes espantos, deseos, anhelos, sueños etéreos, etc. En definitiva, un depósito que recibe estruendosamente el conjunto de pulsiones inconscientes y, alberga las complejidades y tensiones de las relaciones sociales del momento.

Los programas deportivos se desenvuelven, entre otras cosas, como espejo, donde la ciudadanía se ve reflejada, ya que nos vemos sistemáticamente representados, o duplicados. El Chiringuito de Jugones, presentado por Josep Pedrerol en La Sexta, conforma y es loable decirlo claramente: una desangelada orfandad de protesta simbólica de carácter popular. El formato no es novedoso, puesto que respeta y es un producto de inspiraciones pasadas como los famosos Deportes Cuatro presentados por periodistas carismáticos dentro de la industria del fútbol.

Los acólitos seguidores de estos programas televisivos se hallan bajo los límites de la representación de la realidad tal y como es, y de una tendencia cada vez mayor a crearla a través de espacios intermedios, subterfugios, que se sitúan en la frontera de géneros y categorías, desempeñando una función ambivalentemente fronteriza.

La deconstrucción de la realidad es uno de los rasgos más impresionantes de la evolución televisiva, definida por Umberto Eco en su artículo La transparencia perdida en el tránsito de la paleo-televisión a la neo-televisión. Una disolución de la realidad, y por lo tanto, de la distinción hasta ese momento operativa y absolutamente criticable desde un punto de vista emancipatorio, entre alta cultura y baja cultura, por una estética de la creación de sujetos fragmentarios e identidades frágiles, atomizadas y volátiles.

El objetivo de su diatriba consistía en exhibir la transformación operativa de la televisión como “ventana al mundo” donde uno podía encontrarse con el fiel reflejo de aquello que estaba sucediendo a cientos de kilómetros de distancia, para convertirse en una espacio de producción, de creación de una realidad paralela: una hiperrealidad.

Así, los programas deportivos emitidos en la televisión surfean las prosaicas olas de la producción de realidad. El fenómeno más llamativo y la puesta en práctica de todo un catálogo ideológico velado en la disolución de las fronteras entre categorías, se produce mediante vericuetos divisorios entre información y entretenimiento.

La hibridación entre géneros, revestido de una retórica afín al modelo estructural que impera en la extracción de riqueza a nivel mundial, y la conformación de modelos de subjetividades homologables al poder en todos sus sentidos, generan un simulacro, o la producción de una realidad que se aleja de un modelo reproductivo: produce los mismos efectos que la realidad objetiva, sin ser la propia realidad.

Que durante el espacio que dedican millones de españoles a comer, veamos las excéntricas y faraónicas fiestas de futbolistas, que por supuesto, siempre son hombres, y sus opíparas comidas acompañados de sus parejas, no reflejan más que un universo mitológico donde la felicidad está al alcance de tu mano. Así la televisión y el desarrollo de estos programas, acercan al sujeto recostado en cada sofá, a un mundo posible en espacios previamente inusitados por su imposibilidad.

Acercan lo impensable, y conforman unos nuevos parámetros de realidad. No es una componenda o un error el tratar de llevar a cabo unos esfuerzos denodados por exponer el tedio de esta pléyade de periodistas por desvencijar la estructura de las clases sociales hasta conformarlas en un cadáver animado, y sus portavoces unos homúnculos con un tono de voz en el que nadie confía.

La estructura ideológica de estos programas y de sus oradores favorece estas transformaciones. Empujan a que deportistas del estilo de Cristiano Ronaldo se conformen en objetos mitológicos a los que admirar y querer imitar, pero vemos con distancia y extrañamiento, en parte, con recelo, a personas que luchan por la dignidad, los derechos humanos, y por una transformación más justa de las condiciones de vida de la inmensa mayoría del mundo.

Sin embargo, es en este plano, en el que se tiende a confundir dos temporales mitológicas que parten ambas de un mismo escenario arcádico: las aseveraciones proferidas por Roland Barthes. En el 1957 se publica la obra Mythologies, donde se dan cita un conjunto de artículos en los que Barthes trata de describir y analizar la moda pequeña-burguesa creada al calor del sistema de la comunicación de masas. Lo más interesante de la obra es que la sociedad burguesa tiende a hacer pasar como natural aquello que es esencialmente cultural. Este mecanismo de enmascaramiento es aquello definido semióticamente como mito. El mito puede ser definido como un sistema de comunicación, o un sistema semiológico que apoyado en los términos del lingüista Ferdinand de Saussure, procede a la unificación del significado y el significante.

Aún así, llama poderosamente la atención que se formen necesariamente mitos alrededor de los deportistas de élite. Según estas impresiones, el recién fallecido Diego Armando Maradona, produce para su pléyade, el mismo sentimiento eléctrico, que Cristiano Ronaldo. Pero es aquí donde está la trampa, y distinguir la disolución de las fronteras soliviantadas en una producción de realidad definida como hiperrealidad.

Maradona encarnaría muy acertadamente, según el psicoanalista Jorge Alemán, el último mito popular [1] porque no fue ni quiso ser un ejemplo de vida. El jugador argentino representó en su habitus una posición cuestionable entre quién se supone que debía comportarse loablemente, y la persona que podía hacer lo que quisiera con todo el abanico de excesos que el capitalismo desenfrenado pudo ofrecerle. Maradona es la viva representación de la existencia en la frontera. Una frontera lineada entre el barrio y una cultura como trinchera de intereses dentro de las diferentes clases sociales, y la aniquilación fantasmagórica que alcanzas cuando te chocas de frente con las posibilidades más desenfrenadas que genera un capitalismo salvaje y hedonista.

Maradona nació en un espacio desolado a causa de la pobreza propiciada por la avaricia de unos pocos, también Cristiano Ronaldo, y como veremos éste último conforma un ecosistema mítico diverso. Maradona no olvidó nunca sus orígenes, pudiendo cometer desdichas que por supuesto son deleznables, pero estamos tratando un fenómeno más complejo que la crítica fácil. Ya se encargarán otras personas de hacerlo. Maradona encarnaba en sus logros y fracasos una interpretación de la cultura como espacio común donde las personas definen sus vidas otorgándose objetivos y finalidades. El término de clase operaba y ha sido central para entender el fenómeno mitológico representado por Maradona. Por eso, es acertado definirlo en los términos de Jorge Alemán: el último mito popular.

El fenómeno de Cristiano Ronaldo como ejemplo mitológico opera de una manera muy distinta. Con orígenes también muy humildes, su puesta en escena evidencia un cambio sustancial que coincide con el tránsito de la realidad tal y como es, donde encontraríamos a Maradona “Paleo-televisión”, a una producción de realidad denominada “neo-televisión”. El mito entorno a Cristiano Ronaldo opera, pues, en otra dirección. Cuando lo real decepciona, uno se recrea en su doble. Por lo tanto, Cristiano Ronaldo conforma un personaje que nos acerca a espacios imposibles. Este paso, la creación de una hiperrealidad, se corresponde a lo definido por J. Baudrillard en Cultura y Simulacro.

El simulacro -la mitología de Cristiano Ronaldo- antecede a la originalidad de la realidad atravesada por relaciones antagónicas de lucha de clases, sustituyéndolo por un modelo que se nos presenta en su posibilidad. Poco importa aquí que la realidad esté atravesada por complejas relaciones políticas, económicas, y culturales, que efectúan y condenan a la inmundicia a ciento de millones de personas. Lo relevante es la cimentación de imaginarios acordes a las estructuras subjetivas del poder que no tienen nada que perder en términos de valores morales: la autenticidad o la búsqueda de la verdad y la reflexión no tienen cabida en el mundo del simulacro.

Es en este momento que observamos nítidamente las diferencias que operan en la construcción mitológica de Maradona y Cristiano Ronaldo. El mito de Maradona si bien es cierta la fortaleza en su conformación popular, escondiendo muchas acciones deleznables, nunca estuvo atravesado por un simulacro o producción de realidad. Siempre fue, simple y llanamente, un tipo de barrio, apegado a sus raíces y defensor de un estrepitoso odio de clase manifestado contra los jugadores británicos en el Mundial de 1986, caído en desgracia por los excesos de un sistema que en su afán de acumulación y extracción no se para a discernir la pertinencia de los mismos.

Todo consiste, al jugar con modelos simulados, o producción de realidades que no se asemejan a las contradicciones diarias que asolan a cientos de millones de familias, en presentar programas televisivos fronterizos entre la información y el entretenimiento que estructuren de forma onírica la base del inconsciente: fantasías que nos permitan escapar de la inmundicia cotidiana asfixiante por una atomizada sociedad neoliberal, lacerando a su vez, todo tipo de conformación de lazos comunitarios entre los grupos golpeados que pudieran conformar alternativas utópicas o prometeicas. En la plataforma del Chiringuito de Jugones, desde una posición falaz de neutralidad, se realizan más y mayores incursiones políticas en el afianzamiento de retóricas afines al neoliberalismo como realidad absoluta, que en fastuosas sesiones parlamentarias.

Notas:

[1] mx.radiocut.fm (Noviembre, 2020) “Jorge Alemán: Creo que Maradona es el último ídolo popular” Recuperado de: https://mx.radiocut.fm/audiocut/jorge-aleman-creo-maradona-es-ultimo-idolo-popular/


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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