Seamos cuidadosos y no idealicemos a la comunidad

“Seamos cuidadosos y no idealicemos la comunidad. No siempre se comporta amable con sus miembros” (Mary Douglas) [1]

El ser humano ha creado persistentemente un orden social y unos sistemas culturales para formar unos valores “pulcramente” establecidos, aceptados por el conjunto de personas y, de este modo, unas formas aceptables de vida. La pandemia está modificando estas fronteras entre lo que sí y lo que no está permitido. Unos esquemas mentales -prejuicios- que nos aportan confianza o desconfianza, donde encajamos o somos rechazados llevados a los márgenes establecidos por una comunidad.

Estas fronteras simbólicas van más allá de las medidas de higiene establecidas por Sanidad ante la alerta sanitaria: lavado constante de manos, distancia de seguridad de 1,5 o 2 metros, geles hidroalcohólicos y mermar el contacto físico y social entre las principales medidas, respecto a la prevención del contagio de este perjudicial patógeno. La antropóloga Mary Douglas, en sus trabajos sobre la contaminación y el tabú [2] ante la preocupación de la pureza como tema clave de toda sociedad, nos hace ver que la contaminación está unida, en ocasiones, a la moral. Básicamente, estableció que todo aquello que no encaja dentro de las representaciones establecidas, consideradas puras y aceptables, se marginan.

Cruzar la barrera social se considera una contaminación peligrosa que se debe evitar. Los castigos por incumplir estas medidas, funcionan eficazmente para volver a consolidar la estructura aceptada socialmente. Esta estrategia se refuerza cuanto mayor sea la presión por parte del sistema social, el cual ejerce un fuerte control sobre los miembros de una comunidad. De este modo, muchas personas viven a los límites o al margen de la sociedad por cuestiones de género, ideología, clase social, enfermedad, etc., no acabando de encajar en la opinión pública y, en consecuencia, son rechazadas. Podemos hablar en términos de racismo, xenofobia, homofobia, aporofobia (rechazo al pobre) y un sinfín de aversiones, aborrecimientos y hostilidades de estas representaciones colectivas (segregadas) tratadas de impuras y marginales.

Actualmente estamos asistiendo a la creación de nuevas fronteras simbólicas relacionas con el contagio, formas de transmisión, vulnerabilidad, etc., a consecuencia del miedo y el estigma originado a consecuencia del Covid-19. El cuerpo, más allá de su materialidad física y sus capacidades biológicas, es un instrumento de producción social potentísimo. Las percepciones del cuerpo a nivel biológico han oscilado entre la vulnerabilidad y la fortaleza. Podemos verlo como un objeto poroso, abierto permanentemente al peligro y casi imposible de proteger o al cuerpo como una máquina fuerte, con su propio mecanismo de defensa y protección, pero inevitablemente dependiente de la persona. En cualquier caso, los mitos y prejuicios sobre las formas de transmisión están ligadas a la piel física y la piel social, que funcionan como sitios de control y fronteras para los comportamientos aceptables.

Respecto a las cuestiones de los fluidos y restos corporales, que ya no son necesarios para el cuerpo, se convierten en desechos: cabello, uñas, excreciones contaminantes, piel muerta, etc. Estos procesos orgánicos son puntos vulnerables de la sociedad y fuentes de contaminación por sí mismos. Lo estamos viviendo claramente con la pandemia del coronavirus. Tapamos los orificios corporales -umbrales que pueden permitir el paso impuro a nuestros cuerpos- como son la nariz y la boca, concretamente para este tipo de transmisiones del virus respiratorio.

Estas fronteras de riesgo de personas y objetos contaminantes son el germen perfecto para la creación del tabú. El tabú finalmente es una prohibición de hacer o decir algo determinado, impuesta por estos prejuicios o esquemas mentales de carácter social e ideológico.  Quiénes traspasen estos límites pueden ser segregadas del resto, catalogadas como excepcionales o directamente marginadas.

Cuando se establecen medidas de prevención al riesgo para evitar el contagio del coronavirus, se está creando líneas de división específicas dentro de la estructura social y cultural. Lo vemos en casos como el aislamiento de enfermos por Covid-19 en hospitales, en domicilios, lugares específicos para las pruebas PCR, sanciones a las personas que incumplan las medidas de restricción como el toque de queda o las reuniones de miembros que excedan el número permitido, etc. Además, los efectos van más allá cuando es obligatorio tener estas pruebas para poder viajar en avión, o un horario concreto para los votantes de las actuales elecciones catalanas (algunos ya la denominaron la hora zombie) de los positivos en coronavirus o de dudoso contagio, etc. Así, sucesivamente, vamos a ir viendo cómo el orden social va imponiéndose en su afán de rebatir, lavar o subsanar las contaminaciones que resultan peligrosas y generan desequilibrio a la comunidad.

Las líneas del quebrantamiento del orden están siendo fuertemente modificadas a consecuencia de la crisis sanitaria, social y económica originada por la pandemia. Nos deberíamos preguntar si tal vez estamos creando nuevos tabúes que forjan a su vez segregaciones, etiquetas, estigmas y marginalidad hacia las personas y situaciones que tengan que ver con fuentes de contagios del coronavirus.

Las fronteras simbólicas de la permisividad, esos esquemas mentales más eficaces para no contagiarse, están modificando nuestros modos de comportamiento, nuestro proceder en la vida.  Me resuenan entonces las palabras de Mary Douglas al referirse a la presión por parte del sistema social, ese que ejerce un fuerte control, que sembrará una fuerte tendencia más pronunciada a relaciones sociales entre “espíritus desprovistos de cuerpos”. En otras palabras, cuerpos invisibles suprimidos, sobre todo, de los procesos orgánicos que generan ruido, fluidos u olores. La descorporeización admitida por ser una estrategia eficaz del no contagio, un control social del cuerpo y sus manifestaciones impugnados por los límites del bien común.

Una humanidad que se transforma en estos tiempos pandémicos es una humanidad que necesita repensar sus límites, los efectos y consecuencias. Vivimos más divididos y separados de los otros por el riesgo que supone el contacto. Entre tanto, nos vemos desprovistos de esa habilidad tan esencial para el ser humano que es sociabilizar. El orden social se impone de manera aplastante, se infiltra en nuestro día a día cuando sentimos el rechazo al ver a alguien que no cumple las restricciones, cuando se nos acercan demasiado en el supermercado, cuando van corriendo por la calle y no llevan mascarilla o fuman un cigarrillo en la acera por dónde pasas. En definitiva, cuando vemos que algunas personas osan quebrantar las líneas aceptables de comunidad.

Ciertamente ante la situación de constante riesgo de contagio, e incluso muerte, en la que vivimos, nos puede llegar a costar entender cómo no tenemos un sentido comunitario que abogue por el bien común, por el cuidado entre todos. Comprender que si traspasas esa línea de lo aceptable no afecta exclusivamente a tu individualidad, sino que puedes contaminar al otro, contagiar el dañino patógeno. Sin embargo, cobra importancia también reflexionar hasta qué punto todas las medidas de protección establecidas, prolongadas en el tiempo y sin fecha final, son benefactoras. Al menos, comenzar a percibir los nuevos márgenes que disciplinan nuestra vida, junto con los castigos impuestos y autoinfligidos. Como expresó el filósofo e historiador Michael Foucault en su libro Vigilar y castigar [3], el castigo se ejerce como forma de recalificar a los individuos como sujetos de derecho. Para Foucault todo discurso está atravesado por relaciones inherentes de poder. La vigilancia continua y funcional hace del poder disciplinario un poder múltiple, anónimo y automático.

 

“El cuerpo solo puede pertenecer a la comunidad, cuando tiene sentido por sí mismo”

(Jean-Luc Nancy)

 

Notas:

[1] Douglas, M. (1992) Risk and Blame: Essays in Cultural Theory. Editorial Routledge, London.

[2] Douglas, M. (1973) Pureza y peligro: un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Editorial Siglo XXI, España.

[3] Foucault, M. (1976) Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Siglo Veintiuno Editores, México.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Ana Fernández Martín

Doctora en Investigación en Humanidades, Artes y Educación por la UCLM con especialización en Antropología y cuestiones de género. Máster oficial de Antropología Aplicada: entre la diversidad y la globalización en la UCLM. Diplomada en Educación Social por la UCLM. Beca Iberoamericana en la BUAP de Puebla, México en la Licenciatura de Antropología Social. Estancia de cinco años en Puebla, México, desarrollando nociones en artes escénicas y estudios culturales y tradicionales de la cultura mexicana.
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2 thoughts on “Seamos cuidadosos y no idealicemos a la comunidad

  1. Enhorabuena Ana, muy buen artículo. Al leerlo me ha recordado a uno que ya se escribió hace unos meses en esta plataforma, si no lo has leído te lo recomendaría, se titula «La atenta mirada de Foucault ante la excepcionalidad de la covid-19»
    https://nuevocampomediatico.es/la-atenta-mirada-de-foucault-ante-la-excepcionalidad-de-la-covid-19/
    Bien es cierto que el artículo que te comento es más amplio y panorámico, recogiendo ideas y contextos que laten en consonancia con la obra de Foucault en otros países de nuestro entorno. Sin embargo, creo que puede encajar muy bien con las ideas que has presentado en este maravilloso texto. Desde mi punto de vista son complementarios, y se acercan a una misma problemática. Quizá mediante puntos teóricos algo diferentes, pero en cualquier caso complementarios.
    Lo dicho, muy buen artículo 😉

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