Talento y esfuerzo: un plan asfixiante

Caracol. Fuente: Maryam62 en Pixabay.

¿Esta imagen del caracol qué os transmite? Obsérvenla unos segundos… unos segundos más… ¿Tal vez fuerza, voluntad, superar un obstáculo, etc.? Parece que la autora de este retrato fotográfico quería transmitir claramente un mensaje y supo muy bien cómo hacerlo; y es que en este mundo se requiere de mucho esfuerzo y fuerza de voluntad ya no solo para lograr cosas, sino, como apreciamos en los documentales de animales salvajes, también para sobrevivir. Absolutamente todo -bueno casi todo- requiere esfuerzo en esta vida y en todos los reinos: mineral, vegetal, animal y humano. Dentro de este último, esto prevalece en todas y cada una de las culturas y sociedades del planeta. No obstante, es especialmente en las sociedades capitalistas y neoliberales de este siglo XXI donde la cultura del esfuerzo está creando su máxima expresión.

Acabo de terminar mi tesis doctoral en el programa de Doctorado en Investigación, Artes y Humanidades de la Escuela Internacional de Doctorado de la Universidad de Castilla -La Mancha (EID-UCLM), con especialidad en Antropología y Género con calificación de sobresaliente y mención de honor -Cum Laude-. Me ha llevado tres años y nueve meses este dilatado proceso. He estado -como muchos/as otros/as- sin becas ni financiación de ningún tipo. Llegar hasta la “cúspide” en realidad no es un camino fácil, preguntémosle sino a los expertos en montañismo. Cuestionarme una y otra vez si merecía la pena tanto esfuerzo sin apoyo -financiero- y sin una perspectiva clara de trabajo, sin garantías de éxito y promoción; era -y aún es- una desgastante situación que te hace cuestionarte muchas de las premisas y eslóganes de nuestra cultura del esfuerzo y el éxito. Ya que te das cuenta de que no siempre el esfuerzo -por titánico que sea- y el talento, te conducen necesariamente al éxito seguro y garantizado.

El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo.
Albert Camus

Ante esto, muchos defensores del mérito estarán pensando: ¡por supuesto que el talento mezclado con buenas dosis de esfuerzo, tesón, persistencia, fuerza de voluntad, etc.; te llevará a lograr tus objetivos y metas! Ese mérito es tuyo, gracias a tu brío personal.

Entonces les diría (tras la experiencia última de un Doctorado): “efectivamente, sino hubiera sido por una -si me lo permiten- hasta vejatoria insistencia por mi parte, no hubiera logrado este objetivo”. Está claro que el alentar y los ánimos de familiares, amistades, maestros, el vecino del 1º y hasta la mujer que vende en la tienda de herbolario (dónde iba por mis remedios más naturales ante los trastornos de ansiedad y sueño), son parte fundamental del proceso. Lo que cuestiono aquí es que la cultura del esfuerzo responsabiliza al individuo de sus éxitos y fracasos, dejando de lado -o al menos menos visible- otros importantes factores socioeconómicos, estructurales, ideológicos, culturales, históricos y políticos. Aquí voy a hablar del mérito orientado al éxito profesional y económico fundamentalmente. El “te mereces ser feliz”, “te mereces alguien que te quiera” o “te mereces todo lo mejor del mundo” y este tipo de discursos, responden a otro tipo de narrativas que dan para otro reflexivo artículo.

El término meritocracia fue acuñado por el sociólogo británico Michael Young en 1958, en su ficción El ascenso a la meritocracia (The Rise of the Meritocracy [1]), como una sátira. El término “meritocracia” fue recalcado con un sentido peyorativo y, sin embargo, actualmente, se considera un ideal positivo a seguir: una sociedad guiada e impulsada por los méritos de sus individuos o asociaciones entre los mismos.

Esto quiere decir que la distribución deseable y justa de riqueza está basada en un sistema de méritos y credenciales propios que otorga un derecho a obtener recompensas, privilegios y beneficios económicos, según expresó el sociólogo alemán Max Weber. Es lógico y justo ser galardonando por los esfuerzos, el desempeño, los talentos, los estudios, etc.; no obstante, ¿esto realmente sucede de forma equitativa e igualitaria? Está claro que no. Por tanto, ¿qué consecuencias puede tener esto? ¿quién/es se benefician de la cultura del esfuerzo? Y más allá, ¿quién/es se favorecen de la crítica a esta cultura del esfuerzo?

La sociedad meritocrática suele integrar el concepto de talento con esfuerzo. Esta narrativa está siendo muy criticada, ya que parece que personas con más talento, que realizan mayores esfuerzos y más creatividad, pueden culpar al pobre por malos hábitos como la pereza, la flojera, por ser improductivos y, en definitiva, mediocres.

Respecto al papel de la suerte en el éxito, el profesor de economía Robert H. Frank [2] considera al concepto de meritocracia un mito. Desde el ámbito financiero, Frank formula que el talento y el trabajo duro no son necesarios ni suficientes para el éxito económico.

La mayor parte de la gente talentosa, se esfuerza muchísimo para conseguir un éxito moderado.
Robert Frank

Para Frank, la gente exitosa suele infravalorar el rol de la suerte en su éxito y, además, establece diferentes grados de suerte: dónde se nace (continente, país, región, ciudad, pueblo, etc.), la propia genética, los orígenes sociales/nivel socioeconómico y la herencia y educación recibida de nuestros propios padres. Frank considera que este concepto -meritocracia- es propio de sociedades capitalistas y neoliberales como Occidente y EE. UU. que ha causado un gran daño; pues esta concepción establece las bases de la corrupción y la desigualdad.

Otro filósofo, político y profesor que cuestiona la cultura del mérito es el estadounidense de origen judío Michael J. Sandel [3]. Sandel reflexiona sobre “el mantra de que todo el mundo puede triunfar si lo intenta” ya que “genera una sociedad de arrogantes ganadores y (presuntos) perdedores resentidos”. Insiste en la idea de que el primer problema de la meritocracia es que las oportunidades no son iguales para todos.

En el ámbito educativo este mérito se sintetiza en tres grandes aristas: personas idóneas, el éxito individual -esfuerzo y logros alcanzados- y un sistema educativo como base de una sociedad libre y competitiva. Esta tiene con objetivo fundamental la profesionalización con el fin de lograr la calidad en el desempeño de dichas personas.

Concluyo estas líneas preguntándome ¿qué viene después del mérito? ¿qué costes tiene estos esfuerzos en nuestra salud a todos los niveles -psicológica, emocional, física y espiritual-, somos conscientes? ¿qué pasa con un talento asfixiado, sobre exigido o peor, anulado? Antes de trasladar toda nuestra vida en ello -dependiendo cada uno/a de sus circunstancias- ¿merece el esfuerzo? ¿todo depende de mí? ¿el fracaso es un mérito, en el sentido de merecimiento? Hay muchas cuestiones que abordar más allá de estar a favor o en contra de la cultura del esfuerzo y de la meritocracia.

Es cierto, logré el éxito en la culminación de mis estudios de Doctorado, estoy satisfecha y aliviada; sin embargo, no tengo ninguna garantía de trabajo y reconocimiento económico, hasta el momento. ¿Cuántos estamos así? ¿Es un fracaso? ¿Qué es el éxito?

No actuemos mecánicamente por los dictámenes sociales, y si lo hacemos, siempre seamos críticos e intentemos ver más allá de los velos que existen tras esos conceptos y la aparente normalidad de una sociedad. Si el esfuerzo es connatural a la vida, el mérito es un constructo social y cultural.

Un sistema basado en el mérito inevitablemente genera sociedades jerarquizadas y un afán de conquista, nos guste más o menos este hecho social. En este “juego” habría que preguntarse si todos jugamos en las mismas condiciones. Si el talento y la virtud deben competir, y si lo hacen, qué precio pagamos por ello. El esfuerzo, mal entendido, asociado al talento en diferentes áreas profesionales, puede resultar un plan asfixiante más que un aliciente inspirador.

Notas

[1] Young, Michael (1958) The Rise of the Meritocracy. Ed. Michael Dunlop Young.

[2] Frank, Robert H. (2016) Success and Luck: Good Fortune and the Myth of Meritocracy. Editorial Princeton University Press.

[3] Sandel, Michael J. (2020) La tiranía de la meritocracia ¿Qué ha sido del bien común? Ed. Debate.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Ana Fernández Martín

Doctora en Investigación en Humanidades, Artes y Educación por la UCLM con especialización en Antropología y cuestiones de género. Máster oficial de Antropología Aplicada: entre la diversidad y la globalización en la UCLM. Diplomada en Educación Social por la UCLM. Beca Iberoamericana en la BUAP de Puebla, México en la Licenciatura de Antropología Social. Estancia de cinco años en Puebla, México, desarrollando nociones en artes escénicas y estudios culturales y tradicionales de la cultura mexicana.
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