Talibanes, ¿causa o consecuencia de la crisis de Occidente?

Miguel Martin

Tras la toma de Kabul por parte de las fuerzas talibanes se ha multiplicado el número de noticias sobre la situación política y social de Afganistán. Los reportajes emitidos al respecto han tendido a afianzar y satisfacer las creencias preestablecidas de los telespectadores sobre este país y lo que puede suponer un cambio de régimen liderado por este grupo extremista: esclavización de las mujeres, violación de los derechos humanos, persecución política, asentamiento de grupos terroristas, etc.  Todos ellos elementos que, por supuesto, no han dudado en aprovechar ciertos espectros ideológicos de nuestra sociedad para tratar de inocular el miedo a una hipotética nueva ola migratoria que invadirá los países europeos y convertirá nuestros territorios en el escenario de más atentados terroristas contra Occidente.

Fuerzas talibanes en el Palacio presidencial de Kabul. Fuente: Al Jazeera.

Si bien la toma del poder por parte de los talibanes no es ningún motivo de celebración, creo, al mismo tiempo, que, en circunstancias como las actuales, es necesario ofrecer análisis y testimonios que nos permitan entender mejor la forma de pensar de aquellos que señalamos como nuestros enemigos. No con el afán de justificarlos, sino más bien de comprender cuál es su régimen de valores, por qué actúan del modo en el que lo hacen o sobre qué razones fundamentan su rechazo a las doctrinas y formas de vida que se asocian con la cultura occidental, tales como el liberalismo o la democracia.

En las últimas semanas, por ejemplo, ha tomado especial relevancia la situación de las mujeres en Afganistán, motivo por el que se han celebrado numerosas concentraciones y manifestaciones públicas en nuestro país. Una de las primeras acusaciones que se han vertido sobre el régimen talibán ha sido la situación de sometimiento y esclavitud a la que podrían volver las mujeres afganas tras dos décadas en las que aparentemente han disfrutado de todas sus libertades.

Concentración en la Puerta del Sol (Madrid) en apoyo a las mujeres afganas. Fuente: Twitter @IgualdadUGT

Ahora bien, cuando grupos vinculados al fundamentalismo islámico hablan sobre la esclavización para ellos no es necesariamente algo negativo, dado que se refieren a convertirse en esclavos de Alá, es decir, en mujeres y hombres que obedecen las normas establecidas por su dios y con las que supuestamente encontrarán el conocimiento y la virtud que se niega al resto de la humanidad en la tierra de los incrédulos, donde, por otro lado, consideran que la gente humilde desarrolla una vida llena de deficiencias, a pesar de regirse bajo los principios de la libertad y de la igualdad, especialmente las mujeres que se ven obligadas a ejercer la prostitución. ¿Acaso ese tipo de esclavitud no es peor que someterse a Alá?, se cuestionan los grupos extremistas.

En la misma línea se manifestó Osama Bin Laden, el 6 de octubre de 2002, en un mensaje dirigido al pueblo estadounidense en el que recriminaba a las sociedades occidentales la sexualización de la mujer:

“(vi) Sois una nación que explota a las mujeres como productos de consumo o herramientas publicitarias, animando a los clientes a comprarlas. Usáis a las mujeres para servir a pasajeros, visitantes y extraños y así aumentar vuestros márgenes de beneficio. Y después os jactáis de apoyar su liberación.

(vii) Sois una nación que practica el comercio sexual en todas sus formas, directa e indirectamente. Con ello se crean multinacionales y negocios gigantescos, bajo el nombre del arte, el entretenimiento, el turismo y la libertad, y otros nombres engañosos que le atribuís.

(viii) Y debido a todo esto, habéis sido descritos en la historia como una nación que propaga enfermedades antaño desconocidas para el hombre. Seguid adelante y jactaos ante las naciones de los hombres de que le habéis transmitido el sida como invención satánica estadounidense” (Lawrence, 2007: 208-209).

Según el planteamiento de aquellos que reniegan de Occidente en nombre del Islam, los países occidentales dicen respetar los derechos humanos, pero no hacen nada respecto a este tipo de prácticas con las que se obliga a las mujeres a vivir en pecado y a vender su honor. Para ellos, países como EE.UU. no tienen ningún tipo de legitimidad para decir al resto del mundo cómo deben vivir otros pueblos y, menos aún, para invadir sus territorios en nombre de lo que consideran falsas ideologías. Desde su punto de vista, el mundo está dividido en dos partes: Dar al-kufr y Dar al-Islam. La primera estaría dominada por la incredulidad, mientras la segunda por la verdadera fe. Por ese motivo, aceptar doctrinas como el liberalismo o la democracia es inasumible, porque supone asimilar la falsedad en un territorio que debe regirse por la Verdad y la obediencia a Alá. Sobre esta base, consideran que la mejor forma de gobierno es aquella que se rige por una interpretación estricta y literal del Corán y otros escritos sagrados con los que se da forma a la sharía. Del mismo modo, sostienen que el Islam es la religión de la espada, ya que consideran legítimo hacer uso de la violencia para defender la Tierra de la Fe de la invasión no sólo de fuerzas extranjeras, sino también de sus valores y formas de vida. En ese sentido, para los grupos yihadistas, el pacifismo significa tener una actitud abierta y tolerante frente a la mentira y las conductas viciosas, algo que bajo ningún concepto debe tolerar un verdadero creyente.

Con esta explicación no trato de relativizar el drama que está suponiendo para la población afgana el retorno al poder de los talibanes, sino que más bien quiero atender a cómo aquellos que tratamos de desacreditar ven entre nuestros principios y nuestros estilos de vida una incoherencia manifiesta y el origen de muchos de nuestros males. De ahí, también, uno de los principales problemas de los países occidentales en el presente: su credibilidad. No tanto de cara a persuadir y convencer a los fundamentalistas de que nuestro sistema de valores y nuestras formas de gobierno deben ser una referencia para el conjunto del mundo, sino de cara a nuestras propias sociedades que gradualmente se muestran más incrédulas frente al funcionamiento de nuestras instituciones y la legitimidad de la clase política para tomar decisiones y legislar sobre nuestras vidas.

Precisamente hemos de atender a nuestra sociedad si queremos evitar la aparición de nuevas células terroristas asociadas a lo que comúnmente se denomina movimiento yihadista, porque, tal y como revelaron los múltiples atentados que se han sucedido en suelo europeo y estadounidense desde la aparición del autoproclamado Estado Islámico, la mayor parte de los responsables de estas acciones no eran personas procedentes de Oriente Medio, sino ciudadanos que habían nacido y se habían educado en países occidentales. A este respecto, sería conveniente analizar cómo nuestra forma de vida y las insatisfacciones que genera empuja a ciertos sectores sociales a ver justificables y deseables acciones terroristas como las cometidas por ISIS o Al-Qaeda, hasta tal punto de no sólo apoyarlas, sino también de llegar a protagonizarlas.

En referencia a esta cuestión, nuestros medios de comunicación también deberían hacer un esfuerzo por explicar que este tipo de organizaciones, a pesar de que comparten creencias y persiguen objetivos comunes, no son lo mismo. Lo que conocemos como movimiento yihadista no es un todo homogéneo. Prueba de ello es que tanto Al-Qaeda como los talibanes han colaborado con la estrategia de EE.UU. para frenar la expansión de ISIS en Oriente Medio. Asimismo, también hemos visto recientemente cómo grupos asociados a ISIS están perpetrando acciones terroristas en Afganistán para desestabilizar el nuevo régimen inaugurado por los talibanes. Esto puede deberse a que ISIS persigue instaurar un Califato a nivel global, es decir, un Califato capaz de extenderse por el conjunto de Dar al-Islam y que englobe a todos los musulmanes de la tierra, obviando cualquier tipo división nacional. Según sus planteamientos, el Islam debe permanecer incontaminado de cualquier otro tipo de manifestación cultural, ya que sus valores y normas se consideran universales para todo creyente independientemente de donde nazca o del tiempo en el que haya vivido. Los talibanes, en cambio, tienen como objetivo establecer un Estado regido por la sharía única y exclusivamente en Afganistán. En ese sentido, chocan frontalmente con los intereses de ISIS y se ven obligados a buscar aliados tanto a nivel regional como a nivel internacional para mantenerse en el poder. De ahí, quizá, que se hayan mostrado dispuestos a tolerar ciertos principios asociados a la cultura occidental, tales como el respeto al derecho de las mujeres o permitir que las niñas puedan acceder a la escuela. Todo ello, por supuesto, según su interpretación de la ley islámica.

Esto no significa que los talibanes hayan cambiado respecto a hace dos décadas, pero el hecho de que se vean obligados a cambiar su imagen de cara al exterior, que traten de presentarse como un grupo más moderado y que estén dispuestos a negociar para ganarse su reconocimiento internacional implica, en cierto modo, que no van a poder ejercer el poder como ellos desearían, dado que su régimen también puede verse amenazado por un enemigo común. La situación es más compleja de lo que pueda parecer y si el periodismo tiene un papel relevante en nuestros días es el de no contribuir a la desinformación, así como no simplificar conflictos como el que actualmente están teniendo lugar en el territorio afgano. Una visión más amplia de la historia quizá nos permitiría juzgar mejor la desestabilización que vive Afganistán. Ahora bien, en el momento actual toca también atender a cuáles son las relaciones estratégicas que se están estableciendo entre los distintos interlocutores, así como dar respuestas que puedan garantizar a medio y largo plazo el bienestar de la población de la región. No se trataría de apostar por el mal menor, sino de analizar cómo en las circunstancias actuales es posible mejorar sustancialmente las condiciones de vida de la sociedad afgana. ¿Estarán en esta ocasión los países occidentales a la altura? Una mala gestión de este conflicto puede minar aún más el crédito de lo que hoy conocemos como Occidente, tanto en el conjunto del mundo como frente a sus propias sociedades.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.


Miguel Martin

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Valladolid, Doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente investigador y miembro del Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura (GESC)
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