Tinder como espejo de nuestro presente

David Del Pino

Tal vez, un número considerable de lectores opinen de lo insustancial o irrelevante que es dedicarle un espacio como este a hablar de una plataforma que si bien tiene un número nada desdeñable de usuarios: alrededor de unos 50 millones de usuarios en todo el mundo, existen otros problemas más acuciantes y de mayor envergadura de los que hablar. Podrían tener razón. Parece que hemos vuelto a olvidar los devastadores resultados del último informe del IPCC sobre el cambio climático, de que cada día sube un poco más la factura de la luz mientras quienes se supone que deberían legislar para que esto no ocurriera, legislar por el bien público de los ciudadanos, unos ciudadanos duramente golpeados por la metonimia de la precariedad y el sufrimiento, invocan a que de ellos no depende la tan grave situación y que son las fuerzas del mercado cuán dioses griegos, los que regulan y controlan el precio de un bien estratégico que sería público si tuviéramos unos políticos que se preocupasen más por los españoles que por los dividendos de algunos altos directivos, que por cierto, algunos son de sus filas, o que a pesar de que ciertos trogloditas y retrógrados celebren una denuncia falsa de violencia homofóbica condenando a la estupidez cínica una situación tremendamente grave para la convivencia democrática, existe un objetivo aumento de las agresiones de violencia machista, homofóbica y transfóbica.

Por todos estos motivos, y por otros muchos a los que no hemos aludido, tales como la expresión de un malestar asfixiante como la salud mental y la patologización individual de unos trastornos y desfasajes mentales que deben politizarse, o que haya crecido en un 2% el número de personas que declaran querer quitarse la vida, entendemos que haya personas que consideren que hablar de Tinder es irrelevante. Sin embargo, si precisamente existe algo que aúna y entrelaza el conjunto de los problemas y malestares sociales que hemos evidenciado es una clara semántica rayana la sonrisa falsa, compungida y cínica, que enmascara el dolor de unas estructuras sociales de dominación que estrangulan y generan mucho dolor bajo el algoritmo de algunas de las más afamadas aplicaciones tecnológicas.

Acercarse analíticamente a Instagram, Tinder o LinkedIn permite obtener una fotografía sociológica de nuestra realidad. En gran medida, vivimos, pensamos, y sentimos como si la violencia de la dominación social no existiera. Eso no quiere decir que no suframos en nuestras carnes el paro, la precariedad, el dolor de unas condiciones materiales que aprietan o la desesperación por no encontrar asideros de certidumbre. Pero en nuestra cotidianidad, que en gran medida es la que mostramos a todas luces en las felices imágenes de Instagram, en nuestros expeditivos rostros en Tinder, o en las características laborales en LinkedIn tales como liderazgo, carisma o trabajo en grupo, tratamos de esconder todo el dolor y sufrimiento que padecemos en nuestros cuerpos debido a que mostrarlo en una época marcada por la hegemonía del relato épico neoliberal es sinónimo de ser un perdedor.

Somos sujetos sociales cuyos cuerpos han sido conformados por la dominación social. La lucha de clases no ha desaparecido ni se atisba a corto plazo que vaya a desaparecer. De hecho, todo lo contrario. Podemos decir que vivimos la coyuntura histórica con el mayor número de fuerza de trabajo vendible al capital. También, una época en la que las diferencias entre los más ricos y los más pobres han crecido exponencialmente. A pesar de todo ello, y es la paradoja que encierra nuestro presente y que evidencian las aplicaciones tecnológicas como las señaladas, cada vez menos gente, fundamentalmente de los países occidentales, enuncia la existencia del dolor derivado de la lucha de clases. El dolor y la asfixia por unas condiciones de vida exiguas se escamotean u ocultan en Instagram o Tinder ya que de lo que se trata es de visibilizar nuestras “experiencias” con una espectacular sonrisa o bien obtener un match. Algoritmos que en su composición y configuración tienen un perfil de clase.

 

[Extracto del artículo Del Pino Díaz, D. (2021) “Ontología del presente: subjetividad y Tinder”; Subjetividad & Sociedad, 8, Febrero-Junio de 2021, 29-36.

Que plataformas algorítmicas como Tinder boicotean de modo permanente la emergencia y creación de espacios colectivos de discusión y confrontación, así como ayudan a la despolitización de insatisfacciones que son producidas socialmente, debería haber quedado claro, si no es así, insistimos en la lectura de La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo de Richard Sennet (2005). El funcionamiento de Tinder es sencillo, puesto que el empleo y uso de fotografías nos enseña un único camino: todo lo que importa es mostrarse infinitamente feliz, sin fisuras y problemas asociados a las estructuras de las clases sociales. En el mundo de Tinder las desigualdades producidas por el normal funcionamiento de las estructuras sociales, así como las dificultades cada vez más faraónicas para encontrar un trabajo digno, no existen o se tienden a difuminar. Todo en lo que consiste es una apuesta decidida por la circulación de sentidos que premia el viaje más exótico, las comidas más opíparas, y unas excéntricas panorámicas que dan vida y alas a la laceración de unas consustanciales luchas antagónicas de intereses. De nuevo, sonríe, sé feliz, y disfruta de la eternización del movimiento del dedo. Y si te sientes asolado o deprimida, no te preocupes, la culpa es individual, tal vez no te hayas esforzado lo suficiente en sacar de ti misma todas las energías necesarias para mover cielo y tierra y revertir la tan grave estructura precaria psíquica que te aflige.

Que el empleo de fotografías responde y debe su sentido a la función social que le es propia y al hecho de ser lo que es y de ser únicamente eso, lo sabemos desde la lectura de un art moyen del sociólogo Pierre Bourdieu (2003). La fotografía, al estar siempre orientada y cumplimentada de funciones sociales y socialmente definidas, es por lo tanto, necesariamente ritual y ceremonial. En este sentido, la fotografía encierra en su inmovilidad e instantaneidad una imagen de la realidad que nunca es el resultado de un compendio de ejercicios arbitrarios. Dicho de otra forma, y leyendo a Bourdieu, la fotografía es un sistema convencional que expresa un espacio social de acuerdo con las leyes de la perspectiva histórica.

No deberíamos sorprendernos que después de inasibles jornadas de trabajo discontinuo y no estable, los índices de malestares psíquicos, ansiedad, depresión, y falta de autoestima aumenten, y la respuesta a un lado y otro del océano ideológico sea el empleo y uso de estructuras algorítmicas que no están por la labor de ayudar en la politización de dichos horrores. Así que, por más que existan colectivos y grupos organizados que renieguen y se burlen de las palabras que en este texto estamos humildemente componiendo, asumiendo una verdad ideológica absolutamente revelada en la teleología, la pasividad y la compungida risa social ante tal vileza colectiva, ha hecho posible naturalizar el dominio del capital y sus dinámicas y, por supuesto, desbaratar cualquier alternativa colectiva.

Sabemos que desde la caída del Muro de Berlín, el éxito rotundo y mayúsculo del neoliberalismo ha consistido por antonomasia en consagrar el objetivo final de toda ideología que se preste a su invectiva universal: la invisibilidad. De esta forma, cualquier publicidad defensiva del modelo de totalidad del que hablamos, es vista y analizada con recelo y negatividad. En palabras del filósofo Slavoj Zizek, de lo que se trata cuando hablamos de la invisibilidad de lo ideológico en el neoliberalismo, es de su capacidad de generar un espacio abierto para que el cinismo se cuele y fortifique alrededor de discursos según los cuales, la gente ya no busque una verdad ideológica. Entonces los fermentos que esperaban brotar, aparecen fértiles cuando observamos paralizados el autorrepudio y desmentida de una realidad posideológica para la que Tinder es un espacio neutral que ayuda a los individuos a saciar sus ansías y deseos más cotidianos, y nada más que eso.

Asimismo, la lasitud hedónica escondida y oculta en la ideología de plataformas algorítmicas, es tal que podemos seguir actuando como si no estuviera pasando nada, incluso afirmando que las estructuras del capitalismo son injustas y despreciables. La invisibilidad y la potencia de las arterias de estos mentideros no sólo se alimentan del repudio defectible que genera la desigualdad del capitalismo, sino que en muchos casos lo necesita. Que la ciudadanía repudie las estructuras de desigualdad del capitalismo, es directamente proporcional a la satisfacción de la reproducción del mismo. Conscientes de la dificultad de lo acometido, pongamos un ejemplo. Mientras que la población repudie las desastrosas consecuencias que conllevarán a la larga el derretimiento de los polos, o aseguren vehementemente que el dinero no vale para nada y que no debe apoderarse de nuestros deseos, es justamente en ese nivel, en el que el neoliberalismo se siente cómodo, pues asumiendo el odio en un plano externo, estamos autorizados inconscientemente a aceptar las pesquisas ocultas del mismo. De esta forma, es perfectamente compatible querer derribar las estructuras del sistema bancario mundial, pero emplear tiempo en Tinder. La invisibilidad de la ideología del neoliberalismo es tal que actúa en el plano definido por Althusser citando a Pascal, recogido a su vez, en el texto El espectro de la ideología escrito por Zizek (2003): “Actúa como si creyeras, ora, arrodíllate, y creerás, la fe vendrá por sí sola” (p. 20-21)

La lógica de dicha sentencia es perfectamente compatible con el empleo que se puede hacer de Tinder. El argumento según Zizek es el siguiente: arrodíllate y creerás que te arrodillaste a causa de tu creencia. La sagacidad del argumento es desmesurada. De lo que se trata es de aceptar el ritual de manera que sea una expresión de tu creencia personal. Dicho de otra manera, el ritual “externo” de odio y repulsa al neoliberalismo en elementos como el dinero, la ecología, o el deseo de derribar el sistema bancario, genera performativamente su propio fundamento ideológico. En suma, de lo que se trata es que solamente al aceptar internamente o subjetivamente el repudio al sistema capitalista, estamos legitimados a fetichizar y desarrollar conductas favorables al sistema. El aparataje interno del neoliberalismo es bien conocedor de estos mecanismos, y es perfectamente consciente que aceptando en nuestros hogares o en grupos de amigos el deseo por cambiar el modelo, estamos en condiciones de sentirnos legitimados para formar parte de una comunidad algorítmica que está carcomida y enmarañada de ideología desde su “neutralidad”, por lo tanto, en su invisibilidad.

En conclusión, no sabemos a día de hoy qué diría Bourdieu sobre el empleo de una continua felicidad dibujada en los rostros fotografiados de las representaciones elegidas para tal función social, pero sí sabemos lo que dijo en su trabajo un art moyen, prestándonos así una batería de ideas aún vivas y eléctricas que nos permitan comprender escenarios edénicos para una parte sustancial de nuestras sociedades.

 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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