Tormentas solares, el riesgo de una sociedad tecnológica

Antonio Rivas

Imagina que te levantas la mañana del 2 de septiembre de 1859 para ir a trabajar como telegrafista a tu oficina, pongamos, en Boston. Al despertarte, toda tu habitación está iluminada por una intensa luz que entra por la ventana. Movido por la curiosidad te asomas y descubres sorprendido la presencia de auroras boreales en el cielo. Bajo esta luz sales a la calle mientras por el camino vas pensando en todo lo raro que sucedió el día anterior: fuertes chispazos al intentar tocar el telégrafo, cables fundidos y, según los rumores, estaciones de telégrafo que salieron ardiendo. Inmerso en estos pensamientos, al llegar a tu puesto descubres que tu telégrafo está funcionando, con un ritmo entre pulsaciones y silencios que carece de significado y coherencia. Pero, lo más llamativo aún, es que el telégrafo no está conectado a la red.

Este escenario tan inusual que se produjo en gran parte de Estados Unidos y en el norte de Europa perfectamente podría haber sido asociado a actividades paranormales, más teniendo en cuenta que sucedió en pleno auge del espiritismo. Sin embargo, como suele ser habitual, todo tiene una explicación, aunque a veces éstas resulten menos extraordinarias y llamativas de lo que nos gustaría imaginar.

Fue el astrónomo británico Richard Carrington quien, en la mañana anterior y sin ser consciente de ello, detectó la causa de estos sucesos. Mientras realizaba sus rutinarias observaciones del Sol observó unas manchas de gran tamaño sobre su superficie. Poco antes de terminar de dibujar la representación de estas manchas presenció un gran destello blanco que emanaba de ellas. Carrington se convirtió así en el primer espectador en contemplar el inicio de una tormenta solar, una tormenta que sería conocida posteriormente como Evento Carrington.

Figura 1. Dibujo de las manchas solares realizado por Richard Carrington [5]

Ese destello que casualmente presenció Carrington recibe el nombre de eyección de masa coronal o llamarada solar, es decir, una fuerte explosión que emite al espacio toneladas de material solar como si fuera una nube de partículas con carga eléctrica. Podría ocurrir que alguna de estas nubes de partículas, que son emitidas en una dirección determinada, se encontrara en su trayectoria con la Tierra, dando lugar así al inicio de una “tormenta solar”. Estas tormentas, a pesar de las connotaciones nocivas que sugiere su nombre, tienen una peculiar forma de manifestarse que es ampliamente admirada y conocida por todos: las auroras polares (boreales en el hemisferio norte y australes en el sur). Sin embargo, podría darse el caso en el que la intensidad de la tormenta solar sea tan elevada que al reaccionar con el campo magnético genere unas corrientes eléctricas que podrían llegar a notarse sobre la superficie terrestre.

Figura 2. Representación gráfica de la interacción entre una llamarada solar y la magnetosfera terrestre [6]

Esto fue lo que sucedió el día 1 de septiembre de 1859, cuando en la superficie del Sol se produjo una llamarada en dirección a la Tierra con una energía equivalente a la de 10 mil millones de bombas atómicas [1], lo que provocaría 17 horas después la mayor tormenta solar jamás registrada en la historia. Afortunadamente, las tormentas solares sólo afectan a aquellos dispositivos con carácter electromagnético, siendo totalmente inofensivas para la salud de los seres vivos. Esto, sumado a que en esta época se estaban dando los primeros pasos en el desarrollo de la electrónica y su integración en la sociedad era prácticamente nula, implicó que los daños materiales que produjo el Evento Carrington se limitaran a interrupciones en las comunicaciones mediante telégrafo, que empezaron a fallar y algunos incluso fueron fuente de incendios, así como la generación de extensas auroras boreales que llegaron a ser vistas desde Colombia, Roma o Madrid.

Hoy en día, tras más de 150 años, la imparable evolución tecnológica ha desarrollado una fuerte dependencia por parte de la sociedad y, por tanto, una mayor vulnerabilidad frente a una tormenta solar similar a la del Evento Carrington. Sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor y fijarnos en cualquier dispositivo que use un cable. Como ejemplo, aunque a menor escala, podemos tomar lo sucedido en Quebec en 1989, cuando una tormenta solar de intensidad media provocó una cadena de fallos en la red eléctrica que dejó sin suministro durante 9 horas a más de 6 millones de habitantes en pleno invierno canadiense.

En el caso de una tormenta de mayor magnitud sus efectos tendrían una repercusión a una escala superior: sufriríamos una caída de la red satelital acompañada de un corte total del suministro eléctrico, lo que se traduciría en una pérdida de las comunicaciones junto con un apagón total.  En este sentido se plantean varios escenarios posibles dependiendo del alcance de los daños: los más benévolos se inclinan por una situación de caos que no duraría más de unos pocos días, mientras que los más catastrofistas defienden que esto supondría el colapso de la sociedad tal y como la conocemos, viéndose abocada a un estilo de vida con el nivel tecnológico de la era preindustrial. La diferencia entre ambas posturas radica principalmente en la capacidad de nuestra civilización para reparar los daños causados, los cuales se estima que podrían alcanzar un coste de entre 1 y 2 billones (en la escala numérica larga, es decir, en el sistema europeo) de dólares sólo durante el primer año [2]. Éstas serían las consecuencias a nivel tecnológico, sin entrar a valorar las reacciones y repercusiones a nivel sociológico ante esta situación distópica (aunque tomando como referencia lo sucedido en el Gran Apagón de Nueva York en 1977 sería fácil hacerse una idea).

Con este incierto escenario en la cabeza es evidente que nadie, o muy pocos, querrían arriesgarse para aclarar estas dudas. Así, la pregunta surge casi sola: ¿podría volver a ocurrir una tormenta similar?

Se estima que una tormenta solar equiparable a la del Evento Carrington tiene lugar dos veces por milenio [3], por tanto, es cuestión de tiempo que la Tierra y la sociedad que la habite en ese momento sufran sus consecuencias. Sociedad que estuvo muy cerca de coincidir con la nuestra, pues hace menos de 10 años, en julio de 2012, tuvo lugar una llamarada solar similar a la que originó el Evento Carrington que se extendió justo hacia la posición que había ocupado nuestro planeta 7 días antes.

A pesar de que se han intentado desarrollar diferentes modelos orientados a predecir con más exactitud cuándo podría producirse la próxima tormenta solar perfecta, éstos son claramente imprecisos debido al gran desconocido que aún sigue siendo el Sol para nosotros. Esto nos deja un estrecho margen de entre 17 horas y 2 días [4] (desde que se emite la nube de partículas solares hasta que impacta contra la Tierra) para prepararnos ante sus posibles efectos.

Debido a que es inevitable sufrir sus consecuencias, la única capacidad en manos del ser humano es la de mitigar los daños causados. Esto hace que la capacidad de respuesta y la velocidad de actuación se conviertan en dos factores críticos, lo que ha motivado que en los últimos años países como Canadá o Estados Unidos hayan desarrollado protocolos de actuación en caso de producirse un fenómeno de estas características. Estos protocolos contemplan tanto las acciones previas a la tormenta solar (como por ejemplo un apagón controlado de los sistemas críticos, declaración de estado de alarma, cese de los desplazamientos aéreos,…) como posteriores (orientadas a evitar una situación de caos).

Aunque en los últimos tiempos diferentes gobiernos y estamentos políticos se han interesado por las tormentas solares y sus posibles consecuencias, a nivel civil sigue existiendo un gran desconocimiento. A priori parece poco probable que en los próximos 10 o 20 años se repita una tormenta solar como la de 1859, pero es inevitable que en algún momento vuelva a suceder y cuando eso pase las posibilidades de salir exitosos dependerán únicamente de la preparación de la sociedad.

Notas:

[1] Christopher, Klein (2018). A Perfect Solar Superstorm: The 1859 Carrington Event. Recuperado de: https://www.history.com/news/a-perfect-solar-superstorm-the-1859-carrington-event

[2] Thorberg, Rasmus (2012). Risk analysis of geomagnetically induced currents in power systems. Lund University.

[3] Riveiro, Alex (2017). El Evento Carrington. Recuperado de: https://www.astrobitacora.com/el-evento-carrington/

[4] Eiras Barca, Jorge (2018). Tormentas solares geomagnéticas: la amenaza de una sociedad hipertecnológica. IEEE.

[5] Engvold, Oddbjørn (2018). Universidad de Oslo. Richard Christopher Carrington. Recuperado de: https://snl.no/Richard_Christopher_Carrington

[6] NASA (2002). Recuperado de: https://images.nasa.gov/details-0201490

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Antonio Rivas

Graduado en Ingeniería Aeroespacial, Máster en Ingeniería Aeronáutica por la Universidad de Sevilla y aficionado a la historia. Actualmente desempeña las funciones de Ingeniero en Ensayos No Destructivos para el Ejército del Aire.
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