Un elefante en la habitación

El problema global se denomina neoliberalismo y se ha conformado como un elefante en la habitación.
Es conmovedor observar los diletantes esfuerzos internacionales que ha ido granjeando la razón del capitalismo contemporáneo para mostrarse amable y  dominar sus deseos de seguir pulverizando el mundo de la vida.

El orden internacional ha saludado al nuevo huésped de La Casa Blanca, Joe Biden, con una amabilidad desenfadada, en una tonalidad decidida e intrépida, como si quisieran dar a entender que con su presidencia no hay lugar a la timidez, sino sólo a un regocijo confiado. No os equivoquéis, si hubiera sido reelegido Donald Trump, hubiéramos cambiado de chaqueta, y tal vez con un ligero pero perceptible desdén, hubiéramos respondido con voluntad de colaborar activamente con él. Hemos adquirido una destreza aceptable en el manejo de las dos chaquetas.

Las equidistancias y el cinismo son dos de las experiencias más desagradables que ha experimentado la humanidad en su largo camino hacia la democracia. No está entre nuestros planes precipitarnos hacia ellas.
Donald Trump es un peligro constatado para el sistema democrático. Pero los gobiernos y las diplomacias de una parte muy sustancial del mundo, hubieran hecho igualmente gala de un escrupuloso espíritu de inclinación hacia una supuesta victoria republicana. No hubiera parecido afectarles mucho que el alma de ese Estado fuera un ejemplo de populismo-autoritario que se repite con distintos líderes y formaciones políticas en diferentes lugares del mundo. Nada de esto debería estar sucediendo, puesto que tenemos el problema en forma de elefante delante de nuestros ojos, y actuamos como si no lo viéramos. Apartamos la mirada, o cerramos los ojos y seguimos caminando. Por más que no queramos atender a ello, el desgarro se denomina neoliberalismo, y debido a que no ha consolidado un centro cultural cohesionado desde el que legitimar sus acciones, está dando lugar a monstruos que golpean y contaminan a los colectivos más desfavorecidos. El aspecto es ya de un cadáver, a diferencia de su constelación afable y benévola como hasta ahora lo habíamos conocido, con el blanco en los ojos del color del plomo y la nariz pálida y afilada.

El elefante no tiene rasgos de ser únicamente una ideología, o un conjunto de políticas económicas, de lo que estamos hablando, y ante todo, es de una nueva racionalidad o un nuevo principio civilizatorio, que inspira no sólo unos novedosos compromisos internacionales de los gobernantes en su trabajo global, sino que afecta y configura un nuevo tipo de sujeto. Un sujeto que acepta y entiende como natural todo aquello que el modelo esconde y oculta con un tupido velo muy fino.

La racionalidad neoliberal ha conducido hasta las últimas consecuencias la competencia como marco de conducta, y el ejercicio de la empresa como acción subjetiva. La revolución conservadora de la que estamos tratando no es una cuestión baladí. La crisis del liberalismo clásico en el siglo XIX en forma de desajustes imperiales concluidos en la Primera Guerra Mundial, el auge del movimiento obrero, y el aumento y consolidación del fascismo dan cuenta de la envergadura. Son dos los hitos históricos que conforman el nuevo espíritu del capitalismo tardío: el coloquio Walter Lippman en 1938, y la creación de la Sociedad Mont-Pèlerin en 1947. Así, al nuevo sujeto neoliberal ya no es el tedio lo que le atormenta, todo lo contrario, empieza a temer que el fin de su estancia llegue con demasiada rapidez.

Podemos decir que es una apuesta por una sistemática búsqueda de plusvalía de goce. Sin embargo, este dispositivo que ha vilipendiado el orden industrial basado en el trabajo, ha producido una pura fantasmagoría, por mucho que se aferre a la grotesca ilusión de estar lleno de ardor democrático y de libertad. Y es en este interregno en el que ubicamos el trumpismo como un sujeto político que permanecerá sin su presencia en La Casa Blanca. La Base como así ha sido definida por Richard Sennett [1] ha presentado sus credenciales y no tiene intención de marcharse a ninguna parte.

Hemos escuchado hasta la saciedad que las exigencias económicas y financieras son una auto-culpabilización, ya que somos los únicos responsables de nuestros actos. O, dicho de otra manera, la fuente de la eficacia económica está en el interior de uno mismo. En suma, las clases sociales y las relaciones estructurales que dinamitan una real y democrática igualdad han desaparecido como por arte de magia.

Vivimos perpetuamente en un presente continuo por el que el pasado no existe, y debemos cultivar anticipaciones positivas en relación con los demás. Entonces, si después de todo esto te caes al suelo, el problema de cálculo y eficacia es personal. ¿Os acordáis de aquella manida frase que decía algo así como que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades»? La repuesta es sencilla. No importa que en las últimas décadas hayamos visto una continua depauperación en las relaciones laborales. Por cierto, la aprobación de las mismas se consagró como uno de los pilares fundamentales de las democracias antifascistas tras la Segunda Guerra Mundial. Que la desigualdad social aumente cada vez más, que seamos testigos de la privatización de los servicios públicos, el encarecimiento de la vida en general, el bombardeo publicitario para orientar el mundo humano al consumo, etc. Todo esto da igual, lo único que importa es que a la existencia de una globalidad irresponsable, codiciosa y usurera, le corresponde la infinita responsabilidad individual en su capacidad de tener éxito y ser feliz.

Y, después de todo esto, ¿Nos seguimos sorprendiendo de que el trumpismo se constituya como un sujeto político? Somos conscientes, y los análisis sociológicos dan cuenta de ello, de que el voto a Trump tiene una serie de sesgos que nos impiden hablar de la existencia de un movimiento transversal. En cualquier caso, el sujeto político que estamos observando mantiene una coherencia transversal y compartida con el resto de movimientos reaccionarios en el resto del mundo: un desclasamiento tal y como es concebido por Pierre Bourdieu en Contre la politique de dépolitisation [2]

El neoliberalismo en una parte importante de los trabajos de Bourdieu es definido allí en una forma utópica convertida en programa político, que quiere ensalzar el homo economicus en su infinita voluntad de realizar la naturaleza humana. Todo esto conduciría inexorablemente para el pensador francés a una eficacia simbólica, según la cual se trataría de despolitizar la política y, por consiguiente, de iniciar un proceso de desclasamiento arrebatándole a la sociedad su capacidad para actuar de forma colectiva.

Por lo tanto, el desclasamiento es un elemento compartido al que interpelan los diferentes movimientos reaccionarios. Cada uno en su singularidad, pero con el objetivo común de constituir sujetos políticos.
Estos reaccionarismos reclaman, el caso de Trump es paradigmático, pero lo realizan igualmente Bolsonaro en Brasil, Le Pen en Francia, Salvini en Italia, o Abascal en España, una vuelta a pensar el espacio de los límites nacionales.

Esto se corresponde y tiene su conclusión en el desclasamiento, ya que el neoliberalismo funciona atendiendo a Gilles Deleuze y Félix Guattari [3] liberando mucha energía libidinal –aumento instantáneo del goce-, definido como esquizofrénico, que desclasa y desterritorializa, tratando de reincorporarlo a la máquina productiva.
Por ello, ante una situación de tal desarraigo y zozobra, la retórica propia de los discursos reaccionarios interpelan a colectivos humanos que desolados por el destierro requieren la solidificación de certidumbre y transcendencia. Muchas de ellas, y los reaccionarismo lo saben bien, se canalizan mediante la vuelta a los límites nacionales.

Esto no es necesariamente negativo, puesto que la necesidad de formar parte de un colectivo simbólico es una condición humana. Es negativo cuando la retórica nacional está impulsada desde una verborrea antidemocrática y darwinista que golpea a los colectivos más débiles. De ahí el racismo, el antifeminismo, y la crítica del cambio climático que conforma la cosmovisión discursiva de estos centros políticos.

No obstante, el problema sigue ahí. Mientras no se dediquen ingentes empeños en descifrar alternativas y posibilidades de cambio al neoliberalismo depredador, el riesgo de que siga aumentando la incertidumbre y el miedo, y de este modo, el clima adecuado para la escalada y concreción de las extremas derechas, permanecerá vivo. Extremas derechas que en su defensa soberana de lo nacional, y en su verbosidad antiliberal, esconden una defensa de un neoliberalismo aún más dañino. En definitiva, son fuerzas antidemocráticas y antiliberales, pero no anticapitalistas o antiburguesas.

Notas:

[1]Sennett, R., “La Base: el peligro que sobrevivirá a Trump”, Artículo de “ElPaís”, Recuperado de: https://elpais.com/opinion/2020-10-28/la-base-el-peligro-que-sobrevivira-a-trump.html

[2] Bourdieu, P., “Contre la politique de dépolitisation”, en Contre-feux 2. Pour un mouvement social européen, Raison d’agir, París, 2001

[3] Deleuze, G., y Guattari, F., El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, Paidós, 2004.


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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