Una década de 15-M

Víctor Prieto

Han pasado ya diez años desde aquel 15 de mayo de 2011 en el que salimos a las plazas. Y han sucedido tantas cosas desde entonces, que el ejercicio de memoria que requeriría un homenaje a la altura del acontecimiento se encuentra fuera de mi alcance reminiscente. No es solo la incapacidad del recuerdo para dar cuenta de lo que allí pasó lo que me acecha. Hay, en todo acontecimiento, un exceso de acción que desborda el lenguaje, algo así como una sobreabundancia de sentido inapropiable, inaprensible, libre. El recuerdo es siempre, de esta manera, una forma de traición, y el reconocimiento de esa traición ejercida, la conciencia de una falta, de una falla en la palabra que impulsa -si uno es honesto y valiente, o sea inconsciente- a la búsqueda incesante de una verdad que se escapa. La incapacidad del lenguaje abre en ese momento todas las posibilidades del mundo, como aquel 15-M.

De la importancia histórica del hecho en sí ya se ha ocupado el periodismo, unas veces para empequeñecerlo y otras, para elevarlo a la condición de acto fundante. En cierto sentido, no hemos dejado de hablar en estos diez años de lo que allí pasó, estableciendo cadenas causales entre el presente y ese día de mayo en el que de nuevo empezó todo. El 15-M, visto así, tiene sus consecuencias lógicas, y éstas se llaman Podemos, relevo generacional, regeneración democrática, etc., una amalgama de palabras que no llegan, que conviven con la precariedad y el empobrecimiento de la vida, ya instalados. No es extraño que a muchos ya el 15-M no les evoque más que aquellos versos de José Hierro:

«Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada. (…)»

Este pesimismo transcendental olvida -o es inducido a olvidar- la gran enseñanza que extrajimos de aquellas discusiones en las plazas, esto es, que todo lo que nos contaron, que el mundo en el que pretendían que nos insertáramos como formando parte del decorado, no era más (ni menos) que un puñado de palabras vacías con las que, sin embargo, debíamos contar para construir una mañana habitable. De pronto, la democracia recuperó el vigor del ideal, dando pie para poder pensar proyectos colectivos.

Desde entonces, sabemos lo que no queremos, y esto tiene su importancia. Es lo que nos queda de la dimensión disruptiva del 15-M, ese momento político de interrupción en el que la simple salida de los jóvenes a las plazas hizo que todas las instituciones envejecieran.

Y es cierto que ya nada puede ser igual. Pero la pregunta que debemos hacernos cada día es si debe ser de esta manera, pues nada nos obliga a aceptar. Más que un camino a seguir, el 15-M señala una apertura en todas las direcciones, y es por ello por lo que siempre va a ser algo más grande que lo que pretende representarlo. Para esto solo disponemos de palabras -necesarias y añoradas, sí, pero precarias e insuficientes- tratando de poner nombre, sentido, a la cosa. El 15-M es todo lo demás, el acontecimiento político de nuestra generación, un innombrable que funda una memoria y al que debemos acudir cada vez que flaquee la esperanza, para que no se imponga la nostalgia.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

Víctor Prieto

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y con un Máster en Filosofía, se desarrolla, entre otras cosas, como investigador social.
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