Una ontología del presente

David Del Pino

Las últimas décadas han sido muy largas, las más largas que se recuerdan en términos puramente objetivos y de acuerdo con parámetros de posturas adocenadas, pues el hecho de que pudieran haber sido más cortas no tiene nada que ver con su duración astronómica. La eternidad y la duración son dos conceptos que tienden a confundirse, así como el estudio dicotómico del tiempo fenomenológico y cósmico. Sin duda, el punto de partida de estas décadas indelebles, responde a los descerrajados grandes relatos presentados impenitentemente por Jean-François Lyotard en La condición postmoderna: tediosas explicaciones del mundo, fastuosas cosmogonías, vicisitudes ideológicas que dotaban comprensible al mundo como una totalidad. Ejemplos más que sobrados son el cristianismo, el liberalismo o el marxismo.

Estos grandes relatos concurrían a través de esfuerzos denodados en una interpretación coherente, segura, y establecida por certera del mundo, o, lo que podemos denominar, un saber establecido. Relaciones asepsias se tallaban en una dimensión macrohistórica, con un pasado atestado, concitado por una idea de un cuerpo íntegro e integral, que presenta como válido una solidificación proyectada en el futuro sin óbice histórico que lacere la linealidad del progreso continuo. El objetivo de su invectiva, consistía en demostrar que el saber unitario y estructurado se hallaba en crisis y, que esta crisis, es la crisis misma de la intelectualidad que tanto gustaba recordar Pierre Bourdieu a colación de la heteronomización de los campos sociales.

Con las teorías del fin de la historia y el último hombre de Francis Fukuyama, y el final de la ideología de Daniel Bell, es la idea misma de Historia como progreso y totalidad nacida en el Renacimiento, a tenor de la sagaz y tenaz pluma de Reinhart Koselleck, la que entra en crisis. Podemos afirmar que se dio una crisis de la totalidad, que independientemente de algaradas verbales, se ha tornado en una crisis ontológica del ser humano moderno.

Somos transeúntes errantes de un presente continuo que califica de inhumano o bárbaro los antiguos ejercicios del tiempo acumulativo de la historia. Después de que casi la entera humanidad, salvo contadas excepciones que nos interpelan en sus logros pero también en sus excesos y límites, siguiera cual flautista de Hamelín una serie de discursos chamánicos o, lo que es lo mismo, especulativos y espiritualistas, nos hemos topado con la incertidumbre vinculada al futuro.

Más que en ninguna etapa histórica, vivimos, nos recreamos, conformamos cosmovisiones, padecemos temores y miedos, en un tiempo tan efímero o inestable, en una historia del presente continuo que cultiva una sensación de desamparo y desterritorialización. Según el sociólogo A. Giddens se trataría de un des-centramiento del discurso de la modernidad, derivado de aquello que ya Bourdieu acordó en llamar heteronomización de los campos, que traducido al lenguaje de Giddens sería algo así como desterritorialización de los espacios acordados del saber, produciéndose un desanclaje.

Es, y cada vez es más palpable, el tiempo del instante, del momento, de la fragmentación temporal: de la reducción y, al mismo tiempo, de la eternización del abrir y cerrar los ojos consumado en una lógica carnívora de la transitoriedad del cambio de episodio en Netflix. Así, se conforma la desaparición de toda aspereza narrativa, incluso pedagógica y de confrontación, y nuestro presente se nos muestra en su extrema insignificancia. Todo lo que importa es no perder ni un momento en cambiar de un episodio a otro, eternizando el instante del presente continuo.

Una situación fantasmagórica que indudablemente se nos presenta como un déficit de reflexión y profundización en todos los niveles de la vida social; pérdida de los vínculos sociales que fermentaban en cosmovisiones reflexionadas, no por ello verdaderas, de la realidad; y derrumbe de los grandes sistemas simbólicos que sostenían el anhelo de partes sustanciales de la sociedad. La decadencia de cosmologías tales como el sermón del párroco en la Iglesia, y la identificación con la clase social dan buena cuenta de ello.

Estas escatologías, unas más idealistas, y otras más apegadas al terreno, pero todas fortificadas en ideologías y religiones, concertaban respuestas a las angustias y temores ancestrales con los que se ha topado el ser humano desde su fundación. Por lo tanto, damos por válidas la proclama de Marx en El Manifiesto Comunista: todo lo sólido se desvanece en el aire (All that is solid melts into air); las palabras apesadumbradas de Max Weber afirmando el desencantamiento del mundo (Entzauberung der Welt); y la pérdida del aura en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica de Walter Benjamin. Todos ellos trazan las líneas de una realidad abocada a lo que Norbert Elías definió como La soledad de los moribundos, es decir, que al no tener un discurso ante la inevitabilidad de la muerte, no tiene nada que decir ante la vida.

Sin embargo, y a pesar de todas las transformaciones concentradas en las últimas décadas, existen algunos elementos que permanecen impertérritos ante las perturbaciones. Bueno, debemos matizar. Han sido transformados. Pero, no por ello han desaparecido. Simplemente han mutado, se han transformado, han mudado la piel adaptándose a las nuevas necesidades de un capitalismo que ya no es el mismo, ni obtiene su plusvalía únicamente de la fuerza de trabajo como capital variable y sujeto a la producción de riqueza, sino que cada vez importa más el capital constante, obteniendo la extracción de sus dividendos a través del crediticio especulativo y un tratamiento del dinero basado en la virtualidad y en la comunicación. No obstante, y admitiendo lo dicho, la división social del trabajo sigue registrando un valor de análisis inmutable en nuestras sociedades.

En estas últimas décadas hemos experimentado cambios faraónicos. Es más que probado que la desigualdad económica ha crecido vertiginosamente hasta cifras que nos deberían escandalizar y obligarnos a reflexionar sobre nuestra situación actual. La brecha digital, más si cabe después de las medidas de excepcionalidad para paliar la pandemia mundial, han incidido y agravado la desigualdad.

Hemos observado una transformación rectora de las grandes plataformas que concentran una mayor cuota de poder en la globalización, siendo impunes en la transfronterización que promulgan, a los marcos jurídicos de espacios así llamados soberanos. De esta manera, plataformas como Amazon o aquellas que se han hecho llamar economías cooperativas como Uber o Airbnb hacen saltar las reglas pactadas en territorios soberanos, e introducen dinámicas que desplazan el sentido del trabajo entendiendo éste como piedra principal mediante el cual obtener derechos.

A pesar de toda la miseria moral de unas élites emancipadas de los pueblos que se autoproclaman soberanos y, escondidas en los recovecos oscuros de una globalización que está pervirtiendo y aniquilando la vinculación del trabajo y derechos adquiridos, pues el trabajo se ha convertido en un bien cada vez más escaso, o en última instancia, en una actividad muy mal remunerada. La división social del trabajo ha cambiado, pero permanece. Sería una ingenuidad por nuestra parte, desterrar de un análisis de la ontología del presente la capacidad reclutadora que sigue teniendo este elemento consustancial de la modernidad capitalista: la división del trabajo social arrastra a todos los seres humanos en una misma cadena de montaje.

Los ecos del comentario retumban en la perplejidad del presente. Alguien que aludiera que lo dicho no es representativo de nuestra realidad, no estaría mintiendo. Las formas del trabajo, en efecto, se han transformado y alejado de la cadena de montaje. Pero aún así, cada ser humano en su presente continuo necesita organizar su actividad, y lamentablemente, sus múltiples trabajos según el paso de las agujas del reloj, o según el ritmo adoptado por el movimiento de los demás: de las relaciones de fuerza imperantes en cada coyuntura histórica.

Por consiguiente, Marx nos advirtió que la Historia se repite dos veces: primero como tragedia, después como farsa. En la sociedad actual, nos vemos obligados a volver a combatir, como ya hiciera Marx frente a los jóvenes hegelianos de izquierdas, o Gramsci en su defensa del pensamiento revolucionario hegeliano frente a los conservadores que frenaban el entusiasmo moderno iniciado en la Revolución Francesa en Italia, una suerte de discursos concretizados materialmente en el día a día, que en palabras del sociólogo Anthony Giddens: nos obligan a la reinvención permanente.

La reflexión, la crítica y la exposición de ideas se tornan necesarias dado que como arguyó Gramsci, la teoría del conocimiento no es muy distinta de la teoría de la ideología, es decir, de las diferentes explicaciones y especificadas históricas propias y compartidas de las cuales los individuos a través de las ideologías, en ningún caso falsa conciencia, viven de manera activa.

Debemos estar en condiciones de activar nuevos horizontes utópicos, concretos y materializados, que pongan fin a la esperanza, puesto que toda esperanza se torna en fracaso, y el fracaso en derrotismo. Ya nos lo enseñó Gramsci, frente a la esperanza inocente, y la melancolía del fracaso y la derrota, tenemos que exhortar la pedagogía y la reflexión continua: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.

Retomando así como eje vehicular de nuestra cotidianidad un arsenal teórico escondido después del Mayo del 68. Por ello, debemos exhumar del cementerio de los conceptos desvencijados el estudio de la crítica. Y por lo tanto, nadie mejor que Friedrich Nietzsche para dotarnos de un rico arsenal teórico con lo que negar la máxima del cierre total de la historia. En Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida (II Intempestiva) Nietzsche con un estilo único nos otorga innumerables herramientas para pensar en la posibilidad de un tiempo futuro:

La Historia, pensada como ciencia pura y convertida en soberana, sería para la humanidad una especie de conclusión de la vida, un ajuste final de cuentas. Sólo si la educación histórica va acompañada de una poderosa y nueva corriente vital, de una cultura en devenir, por ejemplo, cuando es dominada y guiada por una fuerza superior –y entonces no domina y guía únicamente ella misma- es algo saludable y prometedora de futuro.

La historia, en la medida en que sirve a la vida, está al servicio de un poder no histórico y, por tanto, en esta subordinación, no puede –ni debe ser- nunca una ciencia pura, como es el caso de las matemáticas. Así, la pregunta de hasta qué punto la vida necesita, en general, estar al servicio de la historia es una de las preguntas y preocupaciones más elevadas en lo referente a la salud de un hombre, de un pueblo o de una cultura, porque existe una situación de sobresaturación histórica que desmenuza la vida y provoca su degeneración, al mismo tiempo que de la misma historia. [1]

 

Notas

[1] Nietzsche, F. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida (II Intempestiva), Biblioteca Nueva, Madrid, 2013, págs. 51-52


David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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