Una última elección: la ética o salvar el planeta

David Del Pino

Parece ser que el último informe de Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) emitido esta misma semana arroja una luz contundente y desoladora sobre una cuestión tan grave como acuciante de la que los expertos llevan años clamando en el desierto. Se nos objetará que los gobiernos han tomado la sartén por el mango y han acometido medidas, tal vez tímidas, pero en cualquier caso medidas, para paliar la grave situación climática que tenemos encima de nuestras desinteresadas y apolíticas cabezas. Se nos podrá decir, con harta elocuencia, cinismo, y algo mucho peor, desvergüenza, que en el seno de las Naciones Unidas 195 países plasmaron su firma en el Acuerdo de París el 4 de noviembre de 2016 con el objetivo de establecer medidas para la reducción de las emisiones de efecto invernadero. Incluso, si consideramos que dicho Acuerdo es un bálsamo anestésico, y que la dinámica corrosiva y aplastante de un sistema económico para el que tomar un respiro o pararse a pensar implica su caída en desgracia, por lo que continúa la misma dirección marcada desde los primeros compases de la Primera Revolución Industrial, ergo, nos sumergimos aún más si cabe en el infierno en el que ya viven y crujen una parte cada vez más considerable de la población mundial, tranquilizaos, la extraordinaria Theta Grunberg arremeterá ferozmente con su estruendosa algarada para defendernos.

Los resultados del informe, sin ambages, son demoledores. Poco se puede añadir que no sea activar una respuesta unívoca y contundente que ponga freno al frenesí de gases contaminantes que conjuntamente emitimos a la atmósfera. Tampoco revela nada que los científicos no acuerden en advertir desde tiempos casi inmemoriales. Quizá, en esta ocasión, los resultados son, si cabe, más contundentes y dañinos para la viabilidad de la vida en la tierra. Continuidad que dependerá de ser capaces de activar un plan de contingencia elocuente y eficaz que sea aceptado y cumplido unánimemente por los países de la tierra. Sabemos que esto es una ensoñación, puesto que China ha declarado su legitimidad histórica, como así ocurrió en Europa y Estados Unidos a finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, de emitir todos los gases contaminantes que necesite merced de finalizar su transformación de una economía agrícola y precapitalista a una industrial y capitalista. A decir verdad, como ya hemos argüido, Europa y Estados Unidos transitaron la fase histórica que en estos momentos recorre China, y que los permite, en el presente, estar en disposición de controlar más eficazmente la emisión de gases.

Sin embargo, el problema que tenemos encima de la mesa es sinuosa y substanciosamente muy grave. Y, lo peor de todo, estriba en el atolladero y ceguera con la que nos enfrentamos a las transformaciones en la temperatura o la subida de la presión del mar a causa del cambio climático. En estos momentos, ni un solo telediario, ni tampoco tertulia política o periódico, abre su emisión sin mencionar con mayúsculas la grave situación que arrastra las subidas de temperaturas o la pulverización de los polos Ártico y Antártico. Consideramos a bien que esto sea así, que se sitúe en un primer plano esta incontrovertible problemática, pero demuestra, lo exageradamente dúctil y cambiante que resulta su jerarquía de noticias, un día es el cambio climático y, otro, será la tontería del día en el Congreso de los Diputados. No obstante, lo extremadamente dañino, es que se oculta o se hace escamotear de la ecuación del cambio climático al verdadero motor y corazón que ha ocasionado semejante función espectral: el capitalismo.

Puede resultar extraño evocar y dirigir la atención a la relación cambio climático y capitalismo, máxime cuando se oculta sobre la égida de cuestiones éticas. El capitalismo moderno como sistema económico ecuánime y global no ha existido a lo largo de toda la historia de la humanidad. A la sazón, su especificidad moderna radicaría como sostiene Marx al comienzo de El Capital en la concentración de un cúmulo de mercancías, es decir, la mercancía individual como la forma más elemental de esa riqueza. De esta manera, el capitalismo moderno en su afán por maximizar y amasar mayor concentración de riqueza ha ido progresivamente introduciendo cada vez más elementos dentro del circuito de la mercancía, ya que, volviendo la mirada a lo dicho anteriormente, la mercancía es la forma más elemental de riqueza. Entonces, el capitalismo, sería algo así como un monstruo de las galletas, que para dejar de caminar y empezar a correr tiene que ir introduciendo cada vez más “cosas” en el circuito de la mercancía, a pesar de los problemas que pueda conllevar ese desplazamiento. Así, en su despliegue histórico, cuyas consecuencias más dañinas recogemos ahora en informes como el último del IPCC, ha arrasado con los recursos naturales que el planeta tierra de forma sostenida y durante milenios fue generando por su propia inercia.

La cuestión no es baladí, el capitalismo moderno, por su propio movimiento inercial, el cual no puede detener so pena de caerse con todo el equipo, ha desertizado un planeta que durante su larga etapa viviente fue generando múltiples y valiosos recursos naturales. La verdadera cuestión que está detrás de las transformaciones del cambio climático y de la impredecible sostenibilidad de la vida humana en este ecosistema es la agresividad de un sistema económico que no parará hasta completar su misión: destruir el planeta y consumar el viaje de algunos elegidos a cualquier lugar espacial donde sea compatible la vida humana. Para esto último el multimillonario Jeff Bezos ha iluminado el sendero. La desazón es tan abismal debido a que intuimos que incluso ante una crisis tan sumamente relevante como la que tenemos delante de unos ojos clavados en las llamas infernales de una Grecia ardiendo, o el aliento congelado de nevadas impensables como Filomena, no detendrán la maquinaria capitalista y sus despiadadas maneras de arrasar con el planeta. Y no lo harán por la sencilla razón de que están más interesados en hallar la fórmula de que algunos elegidos, por supuesto, multimillonarios, y otros muchos que sirvan como fuerza de trabajo, por cierto la mercancía más cotizada en el capitalismo, o bien máquinas que terminen por marginar el trabajo humano, den el paso a vivir en otro planeta de la vía láctea, que verse despojados de la riqueza recogida por la explotación tanto de la tierra como del ser humano.

Ahora bien, el paisaje es todavía más intrincado cuando asumimos de partida el incombustible cinismo y apatía con que tanto los medios de comunicación como la ciudadanía recibimos las sedicentes noticias de una segura asfixia humana en el 2050 con unas temperaturas que harán que Córdoba sea parecido a Bagdad y que Madrid registre en los termómetros temperaturas como las de Marrakech. Recibimos y contemplamos las fantasmagóricas noticias, y no es de ahora, ya que viene de lejos, y la relevancia adquirida por una activista como Theta Grunberg lo corrobora, dentro del velo fúnebre de la Ética que oscurece y desvencija una respuesta colectiva y directa contra el sistema económico como culpable de la situación, igual que posibilita y enarbola que la crítica se registre en un nivel individual. Cuando aludimos al problema contemporáneo de la Ética como respuesta y garantía del cinismo y apatía de los medios de comunicación y la ciudadanía, escamoteando al sistema económico como si fuera un agente externo del que nada se puede decir o criticar puesto que se debe dar por hecho, lo hacemos entronizando las apreciaciones de los filósofos Slavoj Zizek y Alain Badiou, del que recomendamos para este tema su libro La ética: ensayo sobre la conciencia del mal.

Para ambos autores, la década de 1970 fue el escenario por el que se terminó de derrocar la crítica anticapitalista en su frente político y económico. Lo que se produjo tras 1968 fue un cambio de paradigma. La revolución capitalista tras 1968 marcado por un conjunto de levantamientos mundiales fue el de insistir en un nuevo espíritu libertario y antijerárquico. Si el mayo de 1968 tenía la aspiración de un cambio radical político y económico, el nuevo espíritu capitalista desdibujó las protestas e instauró nuevas formas de vida despolitizadas y alejadas de la crítica económica en forma de nuevos estilos de vida que premiaban una visión cultural y ética de los problemas. Entonces, donde en 1945 se culpaba de la grave situación social vivida en los suburbios a aquellos que residían en enormes mansiones sin bajar ni un solo día a la fábrica, en 1980 se tornaba en la buscaba de un consumo ecológicamente sostenible, a saber, adquirir productos que garanticen la sostenibilidad del planeta. Es, justamente aquí, donde se instaló la trampa de la ética. La búsqueda típicamente postmoderna de un consumo ecológicamente sostenible, es decir, de empresas que se preocupen en la producción de sus productos por la longevidad de la tierra, le permitía a uno estar legitimado a realizar una crítica social sobre otros que no adquieren esos productos con el claro matiz de un ¡no te preocupas por lo que le pueda pasar al planeta!, ocultando, a su vez, al sistema económico como el causante del cambio climático, y centrando la crítica en un nivel de elección individual.

La deflación de la crítica política y económica después 1968 y, por consiguiente, la consumación de la cultura postmoderna, típicamente ética, es lo que está detrás de que los medios de comunicación puedan advertirnos de la grave situación ecológica en la que nos encontramos, sin tener ni por asomo que mencionar como causante ejemplar al capitalismo y su régimen de explotación; así como, que puedas ser ocasionalmente criticado en una conversación típicamente de colegas en un bar por no tomar la decisión individual de reciclar, pero se haga caso omiso del elefante capitalista sentado en la mesa. O somos capaces de reinstalar la crítica política y económica en el centro de las graves consecuencias climáticas que sufrimos y vamos a sufrir a tenor del último informe del IPCC, o estaremos condenados a reciclar una última vez mientras vemos arder las casas de nuestros amigos y familiares al grito de ‘¡Os lo reprobé éticamente muchas veces, esto nos pasa por no haber reciclado la basura de nuestra última cena!’.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el pensamiento de Nuevo Campo Mediático. Puedes consultar las NORMAS DE PUBLICACIÓN aquí.

David Del Pino

Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid, y actualmente, estudiante de doctorado en la sección departamental de Sociología Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad Complutense de Madrid.
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